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La Reflexión de Hoy… La Canica Roja

LA CANICA ROJA

Durante los últimos años de la depresión en una pequeña comunidad del sudeste de Idaho, solía parar en el puesto de vegetales del Sr. Miller.

Allí, compraba vegetales frescos y de temporada. La comida y el dinero eran todavía escasos, y el trueque se utilizaba extensamente.

Un día, el Sr. Miller estaba colocando unos deliciosos duraznos en un saco, mientras lo observaba un pequeñito hambriento de rasgos delicados, harapiento pero limpio.

No pude evitar escuchar la conversación entre el Sr. Miller y el niño junto a mí.
– Hola, Tom, ¿cómo estás hoy? Hola, Sr. Miller. Muy bien, gracias. Sólo estaba admirando los duraznos; sí que se ven muy bien.

– Están muy buenos, Tom. ¿Cómo está tu mamá? Bien, se pone más fuerte cada día.
– Qué bien. ¿Te puedo ayudar en algo? No, señor. Sólo miraba los duraznos.
– ¿Quisieras llevarte algunos para tu casa? No, señor. No tengo con qué pagarlos.
Bueno, ¿qué tienes que pudieras intercambiar por algunos de esos duraznos?

– Todo lo que tengo aquí es mi canica favorita. ¿De veras?, déjame verla.
– Aquí está. Es hermosa. ¿Puedo verla?. Hmmm, lo único es que ésta es azul y a mí
me gusta el rojo. ¿Tendrás una como ésta, pero roja, en la casa? No exactamente, pero casi. Te diré algo. Llévate este paquete de duraznos a tu casa, y en tu próximo viaje en esta dirección me dejas ver aquella canica roja. – Seguro. Gracias, Sr. Miller.

La Sra. Miller, quien había estado parada cerca, se acercó a ayudarme. Con una sonrisa dijo: -Hay otros dos muchachos como él en nuestra comunidad, los tres se encuentran en circunstancias muy pobres. A Jim le gusta regatear con ellos por las naranjas, manzanas, duraznos o lo que sea. Cuando regresan con sus canicas rojas, y siempre lo hacen, decide que no le gusta el rojo después de todo, y les envía de vuelta a casa con un paquete de producto por una canica verde o naranja, quizás. Dejé el puesto, sonriéndome a mí misma, impresionada con este hombre.

Poco después me mudé, pero nunca olvidé la historia de este hombre, los muchachos y su trueque.

Pasaron varios años, cada uno más veloz que el otro. Hace poco tuve la oportunidad de visitar a algunos viejos amigos en la comunidad de Idaho, y estando allí descubrí que el señor Miller había muerto.

Tenían su cadáver en la capilla ardiente aquella tarde, y sabiendo que mis amigos querían ir, acepté acompañarlos.
Al llegar a la funeraria, nos colocamos en línea para saludar a los parientes del difunto y ofrecer alguna palabra de consuelo.

Delante de nosotros, en la línea, estaban tres hombres jóvenes. Uno lucía un uniforme del ejército y los otros dos lucían buenos cortes de cabello, vestidos de negro y camisas blancas. Se veían muy profesionales. Se acercaron a la Sra. Miller, quien estaba al lado del féretro de su esposo.

Cada uno de esos tres jóvenes la abrazó, la besó en la mejilla, hablaron con ella brevemente y luego se dirigieron al féretro.

Sus ojos se estaban humedeciendo. Uno por uno, cada joven se detuvo un instante, colocando sus cálidas manos sobre la pálida mano en el ataúd.

Los tres dejaron la funeraria, secándose sus ojos. Llegó nuestro turno para saludar a la Sra. Miller. Le dije quién era, mencioné la recordada historia que ella me había contado acerca de las canicas. Con los ojos brillantes, me llevó de la mano hacia el féretro.

– Los tres jóvenes que acaban de irse eran los muchachos de los que te había hablado. Me acaban de decir lo mucho que apreciaban las cosas que Jim “intercambió” con ellos. Ahora, al fin, cuando Jim no podía cambiar de idea sobre el color o el tamaño, vinieron a pagar su deuda. Nunca tuvimos mucha riqueza en este mundo -nos compartió- pero ahora mismo, Jim se hubiera sentido el hombre más rico de Idaho.

Con amoroso cuidado levantó los dedos sin vida de su esposo difunto, y descansando debajo se encontraban tres preciosas y brillantes canicas rojas.

No seremos recordados por nuestras palabras, sino por nuestras acciones. La vida no se mide por cada aliento que tomamos, sino por las cosas que nos quitan el aliento.

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